El segundo pilar columna de este cuadrilátero metafísico lo constituye la defensa irrestricta del libre albedrío y la agencia moral de la persona humana. El conferencista denuncia con agudeza clínica cómo los dos grandes ídolos del siglo veinte, el psicoanálisis freudiano y la psiquiatría estrictamente biologicista, han conjurado sus fuerzas para declarar la abolición de la libertad humana. Por una parte, el psicoanálisis ortodoxo encadena al sujeto a un determinismo psíquico implacable, donde cada conducta, cada angustia y cada decisión voluntaria es interpretada como el resultado fatal de pulsiones inconscientes, complejos infantiles reprimidos y determinaciones mecánicas del ello. Por otra parte, el reduccionismo neurofarmacológico moderno proclama un determinismo químico semejante, atribuyendo toda elección moral a los flujos y reflujos de la serotonina, la dopamina y la genética celular. Contra ambas tiranías deterministas, la antropología católica sostiene con firmeza dogmática que la voluntad humana, aun encontrándose debilitada por las heridas del pecado original y fuertemente condicionada por el temperamento orgánico, las pasiones del apetito sensitivo y el entorno social, conserva íntegra su libertad esencial de elección. Sin libre albedrío desaparece por completo la imputabilidad moral del obrar; y allí donde no hay culpa ni responsabilidad personal, pierde todo sentido la noción misma de redención y gracia.
El tercer gran pilar ontológico explicitado en la conferencia es el concepto clásico de naturaleza humana, entendido no en el sentido empírico superficial de ecología física o biología bruta, sino en su rigor metafísico aristotélico-tomista: la esencia misma de un ente considerada como principio activo de sus operaciones propias y ordenada de modo intrínseco hacia una finalidad teleológica predeterminada por el Creador. El doctor Verdier expone cómo la psicología posmoderna, envenenada por el nominalismo filosófico y el existencialismo ateo, ha extirpado de sus manuales la idea de una naturaleza humana inmutable, reemplazándola por el constructivismo radical que postula que el ser humano es una hoja en blanco capaz de auto-diseñarse arbitrariamente a espaldas del orden creado. La negación de este tercer pilar constituye la raíz intelectual de las aberraciones contemporáneas que contemplamos con estupor en la clínica actual, tales como la ideología de género y el transhumanismo cibernético. Cuando la psiquiatría renuncia a reconocer que el hombre posee una naturaleza con un orden objetivo e inmodificable, toda psicopatología queda despojada de su referencia normativa; los desórdenes que atentan contra la naturaleza son reclasificados con ligereza complaciente como meras variaciones estadísticas del comportamiento o expresiones de la diversidad cultural, impidiéndole al facultativo diagnosticar la verdadera enfermedad del espíritu.
El cuarto y último pilar que corona esta arquitectura epistemológica es la comprensión trascendente de la persona humana. Siguiendo la clásica definición del filósofo Boecio asumida por Santo Tomás de Aquino —sustancia individual de naturaleza racional—, el expositor establece una demarcación infranqueable entre el verdadero concepto de persona y la caricatura moderna del individuo autónomo o el ego hedonista. En la psicología inmanentista, el individuo es concebido como una mónada cerrada sobre sí misma, cuyo bien supremo consiste en la autoafirmación egocéntrica y la maximización de su bienestar psicológico subjetivo. En la tradición católica, en cambio, la persona es un sujeto ontológico subsistente, investido de una dignidad sagrada e inalienable por ser imagen y semejanza del Creador, y cuya plenitud no se alcanza por el egoísmo solitario, sino en el don de sí y en la comunión con Dios y el prójimo. El respeto sagrado al misterio de la persona impide que el paciente psiquiátrico sea manipulado como un simple conejillo de indias para la experimentación farmacológica o como una pieza reemplazable dentro de los engranajes de la ingeniería social del Estado.

