La culminación delirante de este proceso la orquestó Georg Wilhelm Friedrich Hegel, quien, al diluir a Dios en un supuesto "Espíritu Absoluto" que evoluciona históricamente en la dialéctica humana, coronó al Estado y a la historia inmanente como los únicos dioses reales. De esta semilla hegeliana brotaron los horrores del marxismo, del comunismo, de las tiranías colectivistas y del modernismo teológico (la "síntesis de todas las herejías" condenada valientemente por San Pío X). El modernismo, justamente, es la intrusión del inmanentismo filosófico dentro de la religión, reduciendo la Revelación Divina objetiva a una simple "experiencia interior" o "sentimiento vital" del creyente, destruyendo con ello el carácter histórico y trascendente de la fe y los dogmas.
Frente a esta jaula de desesperación inmanentista, donde el hombre es un huérfano solitario que solo dialoga con los fantasmas de su propia conciencia, se erige majestuoso el Realismo Clásico, perfeccionado en la cumbre de la filosofía aristotélico-tomista.
El Realismo es, fundamentalmente, la profunda humildad de la inteligencia ante el asombro del Ser. El realismo clásico afirma que las cosas exteriores existen independientemente de que nosotros las pensemos o no. El árbol, la montaña, el prójimo y el universo tienen una existencia objetiva y una naturaleza intrínseca, creada y sostenida por un Ser Trascendente. El conocimiento humano no "construye" la realidad, sino que la "descubre". La inteligencia del hombre, por su propia naturaleza espiritual, tiene la capacidad maravillosa de abrirse al cosmos, asimilar su esencia y elevarse desde los efectos visibles hasta la Causa Primera e Invisible.
La definición clásica de Verdad en el realismo tomista es "adaequatio rei et intellectus", es decir, la adecuación o conformidad de nuestra mente con la realidad objetiva de las cosas. La verdad no es un invento del consenso social, ni un producto de nuestras emociones subjetivas, ni una estructura inmanente del Estado. La verdad es el reconocimiento riguroso de lo que ES. Esta es la base de toda ciencia verdadera, de toda moral objetiva (la Ley Natural que inscribe en el corazón humano lo que es intrínsecamente bueno y malo) y de toda sociedad recta y justa.
Mientras el inmanentismo nos hunde en un pantano de pesimismo existencial —pues si todo termina en la materia y en el individuo, la vida humana se dirige inexorablemente a la nada y a la muerte definitiva—, el Realismo Clásico rompe los espejos del laberinto moderno y nos devuelve el horizonte. Nos enseña que la mente humana, aunque pequeña, está diseñada teleológicamente para tocar lo infinito. El universo objetivo entero es un libro escrito por una Inteligencia infinita, y nosotros poseemos la dignidad gloriosa de poder leer sus letras y comprender el mensaje de su Autor Trascendente.
En la Editorial Santa Jacinta libramos esta batalla intelectual de manera irrestricta y valiente. Defendemos la filosofía del ser frente a la filosofía de la conciencia enferma. Defendemos la existencia de una Ley Natural perenne y objetiva frente al constructivismo social posmoderno y la teología de la liberación, que son apenas variantes inmanentistas del marxismo materialista. Defendemos que el ser humano es una unidad sustancial de cuerpo material y alma espiritual e inmortal, un tesoro invaluable dotado de razón para conocer la Verdad objetiva y de voluntad para amar el Bien supremo.
No permitiremos que la civilización perezca bajo las ruedas del relativismo, del iluminismo racionalista ni del paganismo moderno, que no son otra cosa que idolatría hacia las fuerzas inmanentes del mundo. Restablecer la primacía del realismo no es una mera curiosidad académica; es un imperativo moral de primer orden. Es la condición necesaria y urgente para rescatar la inteligencia humana del encierro, para liberar al espíritu de las garras de la angustia secular y para devolverle a la humanidad la capacidad de volver la mirada, con esperanza profunda, gratitud y razón, hacia la majestad trascendente del Creador.
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