Cuando el secuestro emocional abandona la escala individual para apoderarse de colectividades enteras, nos enfrentamos a una de las herejías cívicas más devastadoras en la historia de la filosofía del derecho: el Sofisma Populista, denominado por la lógica tradicional como Argumentum ad Populum o apelación a la multitud, y tipificado en la literatura empírica como Bandwagon Fallacy o fascinación por el carro del vencedor. La teología católica y la filosofía realista clásica proclaman sin descanso que la Verdad ontológica, la Ley Natural y el orden moral intrínseco del cosmos no se encuentran sujetos a plebiscito ni dependen del número de sus sufragantes. La Escritura Sacra ofrece el testimonio supremo y aterrador de este desvarío cuando la masa de Jerusalén, incitada por los príncipes de los sacerdotes frente al estrado del pretorio de Poncio Pilato, proclamó en voto mayoritario la liberación del sedicioso Barrabás y exigió la crucifixión del Logos encarnado, demostrando por los siglos de los siglos que el consenso de la plebe puede precipitarse en el abismo del mayor crimen universal.
En su constitución formal, el sofisma populista representa una mutación degenerada y multitudinaria de la falacia de reverencia: el lugar de la autoridad sapiencial es ocupado por el clamor de la opinión mayoritaria, a la cual se le atribuye una infalibilidad ilusoria sintetizada en el eslogan vulgar de que es inconcebible que tantos millones de voluntades coincidan en el error. La antropología católica y la neurobiología gregaria que expone la Doctora Ibáñez-Soto desmontan esta ilusión con implacable rigor empírico. En las profundidades de los circuitos dopaminérgicos y merced al concurso de las neuronas espejo, el ser humano experimenta un profundo terror neuroendócrino a la proscripción de la tribu; conformarse con la pauta de la masa activa los centros cerebrales de recompensa y disipa el miedo ancestral al aislamiento. El filósofo Arthur Schopenhauer subrayó con perspicacia que no existe opinión por desatinada, irracional o monstruosa que sea que los hombres no adopten con fervor como creencia propia tan pronto como se les persuade de que dicha postura cuenta con la adhesión universal. El sofista confunde la estadística de las preferencias sociológicas con el criterio gnoseológico de la verdad. Resulta legítimo empadronar sufragios para determinar la popularidad circunstancial de un líder o la aceptación mercantil de un producto, pero pretender refutar la geometría de Euclides, la ilegitimidad de la usura o el derecho inalienable de los no nacidos invocando encuestas de opinión constituye una aberración mental que reduce a la ciudadanía a la condición de rebaño cautivo.
El asalto a la inteligencia adopta su perfil más inquisitorial y tortuoso en la Falacia de las Preguntas Múltiples o de la Cuestión Compleja, insidioso recurso del interrogatorio malicioso en el que el argumentador funde, amontona o disimula varias interrogaciones autónomas en un único molde sintáctico, exigiendo del adversario un asentimiento o un rechazo perentorio en un solo monosílabo. El magisterio de la neurociencia explica que la descodificación semántica de un enunciado compuesto requiere que las redes frontoparietales separen cada premisa implícita para contrastarla con el almacén de la memoria declarativa. Al insertar subrepticiamente un presupuesto falso o injurioso dentro de la interrogación principal, el inquisidor provoca un colapso deliberado de la atención selectiva del interrogado.

