Frente a esta ofensiva pericial que pretendía transformar cada dificultad de convivencia o defecto de carácter en una causal de incapacidad jurídica, los Sumos Pontífices —desde las preclaras advertencias de Pío XII hasta los discursos allocucionales de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II ante los auditores rotales— erigieron un dique de contención dogmático e insobornable. La jurisprudencia rotal, tal como la articula magistralmente el ponente, establece una demarcación rigurosa entre las verdaderas psicosis o anomalías psíquicas graves que anulan el discernimiento del intelecto y el imperio de la voluntad, y aquellas inmadureces o neurosis leves que en modo alguno destruyen la responsabilidad moral del sujeto ni su capacidad de consentir. En la práctica clínica y forense, la antropología católica nos enseña que el sacramento del matrimonio no fue instituido por Dios para ángeles impecables ni para seres humanos exentos de defectos psicológicos, sino para personas caídas y redimidas que cuentan con el auxilio sobrenatural de la gracia sacramental para perfeccionar su amor recíproco. Aceptar sin beneficio de inventario los peritajes psicológicos secularizados equivaldría a convalidar un divorcio eclesiástico encubierto, disolviendo el orden sagrado de la familia bajo la coartada determinista del perito en salud mental.
El segundo núcleo fundamental de la exposición acomete la evaluación crítica de aquellas escuelas contemporáneas que, pretendiendo superar el materialismo crudo y el pansexualismo freudiano, se presentan ante el público católico bajo el ropaje atractivo de la psicología humanista, existencial o transpersonal. El doctor Pablo Verdier Mazzara consagra una minuciosa atención analítica a dos de las figuras más influyentes del siglo veinte: el psiquiatra austríaco Viktor Frankl, creador de la Logoterapia, y el médico suizo Carl Gustav Jung, fundador de la Psicología Analítica. Desde nuestro sitial como filólogos y especialistas en lógica argumentativa, valoramos el mérito indudable de Viktor Frankl al reivindicar la dimensión noética y espiritual del hombre en el célebre contexto de los campos de concentración, denunciando el reduccionismo mecanicista y postulando que la búsqueda de sentido constituye la fuerza motivacional suprema de la existencia humana.
Sin embargo, el conferencista expone con honestidad doctrinal inobjetable que la Logoterapia frankliana, examinada bajo la luz insobornable de la metafísica tomista y la dogmática revelada, adolece de graves insuficiencias teológicas que impiden asumirla como una antropología plenamente católica. El concepto frankliano de Dios inconsciente y su noción de una religiosidad natural subyacente en todo ser humano se mantienen dentro de los confines del orden puramente natural y subjetivo. En el esquema existencial de Frankl, el sentido es un hallazgo subjetivo que el hombre construye o descubre por sus propias fuerzas psíquicas, omitiendo por completo el orden sobrenatural de la Revelación objetiva, la necesidad absoluta de la gracia santificante y la Cruz redentora de Jesucristo como único principio de salvación eterna. Sustituir la teología moral de la Iglesia por una psicoterapia existencial del sentido puede derivar en un pelagianismo sutil que induce al creyente a buscar una paz terapéutica puramente terrenal, olvidando su fin último sobrenatural.
Con mayor severidad e implacable rigor filológico, el ponente desactiva las peligrosas ilusiones que rodean a la psicología analítica de Carl Gustav Jung, un autor que en ciertos ámbitos religiosos ha sido recibido con imprudente entusiasmo debido a su constante invocación de símbolos religiosos, arquetipos espirituales y fenómenos esotéricos. El doctor Verdier Mazzara demuestra fehacientemente que la apariencia espiritual del junguianismo es una de las celadas epistemológicas más sutiles del pensamiento moderno. La obra de Jung no bebe de las fuentes cristalinas de la filosofía clásica ni de la Revelación divina, sino del gnosticismo antiguo, el sincretismo pagano, la alquimia medieval y el ocultismo. En el sistema arquetípico junguiano, Dios es reducido a una manifestación del inconsciente colectivo, y el mal moral es interpretado no como una privación del bien ni como una ofensa contra el Creador, sino como la sombra integrada en la polaridad cósmica del sí mismo.

