Reanudamos en las columnas de esta casa editorial nuestra paciente travesía por la anatomía del error y la patología del discurso en Occidente. Si en la primera entrega de esta exégesis integral del Diccionario de Falacias de Ricardo García Damborenea establecimos los cimientos gnoseológicos de la argumentación recta y diseccionamos los extravíos elementales que afectan la definición de la esencia y la causa, en el presente tratado abordamos el extenso continente de aberraciones dialécticas donde el intelecto humano capitula ante la tiranía de las pasiones desordenadas, el miedo a las repercusiones, la soberbia de tribu y la manipulación afectiva de las masas. En estrecha cooperación con la Doctora María Victoria Ibáñez-Soto en el análisis neurofisiológico de los circuitos de recompensa y aversión, y con el Licenciado Juan Pablo Torres-Lozano en la elucidación sociológica y geopolítica del engaño colectivo, nos proponemos demostrar que la mentira argumental pública rara vez obedece a un mero accidente gramatical; constituye, por el contrario, una subversión deliberada del orden lógico creado para someter el juicio de la persona humana mediante el secuestro de su biología y de su lenguaje.
Nuestra primera estación analítica nos enfrenta a la Falacia ad Consequentiam, denominada en la escolástica como la transgresión de las valoraciones irrelevantes. Este sofisma irrumpe cuando el interlocutor pretende refutar la veracidad intrínseca de una proposición alegando las posibles repercusiones indeseables, desagradables o ingratas de dicha verdad. En la intimidad de la arquitectura cerebral, este fenómeno representa una capitulación de la corteza prefrontal dorsolateral ante un asalto directo de la amígdala; el miedo a un escenario adverso desata una señal química de alarma que bloquea el razonamiento causal y fuerza al sujeto a confundir la validez gnoseológica con la conveniencia pragmática. La lógica realista es inexorable al proclamar que la estructura de la realidad permanece idéntica a sí misma con absoluta independencia de si sus consecuencias consuelan o perturban nuestro ánimo. La historia del pensamiento documenta con dolor este extravío en el juicio al que fue sometido Galileo Galilei, donde la controversia se desplazó del examen físico de los datos astronómicos al temor institucional por la conmoción académica que acarrearía validar sus cálculos; no se rechazaba la evidencia por falta de solidez geométrica, sino porque su certeza resultaba inoportuna para la placidez del consenso establecido.
En nuestra contemporaneidad, la Falacia ad Consequentiam se ha enseñoreado del debate cívico y artístico bajo la especie de la corrección ideológica y la cancelación censora. Contemplamos con estupor filológico cómo corporaciones y tribunales informales expurgan bibliotecas clásicas y condenan tratados literarios inmortales —desde el teatro del Siglo de Oro de Lope de Vega hasta la narrativa costumbrista de Mark Twain en sus retratos del Misisipi— no por un defecto en su calidad estética o en su veracidad histórica, sino por el miedo pánico a que sus retratos morales resulten ingratos para la sensibilidad acrítica del moderno consumidor. Esta misma inversión pervierte el ámbito del comercio y de la publicidad, donde las agencias eluden toda demostración de la calidad material o técnica de un bien para saturar la imaginación del comprador con valoraciones morales irrelevantes sobre ecología, prestigio cívico o pureza sentimental, desplazando el criterio de la razón hacia la indulgencia del aplauso social.

