Examinando la relación del entendimiento con lo particular y lo general, nos enfrentamos a la Falacia de la Casuística, un extravío que consiste en rechazar una regla general o una ley universal verdadera alegando la existencia de excepciones extrañas o anómalas. La atención humana, mediada por las redes frontoparietales de alerta, exhibe una notable propensión a ser cautivada por el suceso extraordinario o patológico; el demagogo explota esta inclinación desenfocando la regla moral o social que rige la rectitud de una institución y enfocando las cámaras de manera obsesiva sobre un puñado de casos aberrantes, pretendiendo que media docena de árboles torcidos demuestran la inexistencia del bosque. Aun cuando se enumeraran docenas de anomalías, una verdad de orden general no queda refutada por la mera exhibición de la patología singular; intentar derogar la dignidad natural de la institución familiar o del orden jurídico señalando abusos individuales constituye un fraude intelectual de enorme gravedad.
En el vasto territorio de la causalidad, nuestro juicio se ve constantemente acechado por la gran familia de la Falacia de la Falsa Causa, conocida en la filosofía escolástica bajo el rótulo de non causa pro causa, consistente en atribuir la responsabilidad causal de un fenómeno a un factor que no la posee. La primera variante de esta aberración radica en confundir una condición necesaria con una condición suficiente, asignando la producción total de un efecto a lo que representa apenas un requisito previo entre muchos; quien cumple un mandato parcial y pretende exigir el premio prometido por el cumplimiento integral incurre en un infantilismo lógico que distorsiona la equidad. La segunda y más ubicua variante es la falacia Post Hoc, vel cum hoc, vel sinae hoc, ergo propter hoc, la cual confunde de manera irresponsable la sucesión temporal o la coexistencia espacial con el vínculo de causalidad. La ley neurológica de Hebb demuestra que las neuronas que disparan simultáneamente refuerzan sus conexiones, induciendo al entendimiento indisciplinado a suponer que todo aquello que ocurre en coincidencia temporal obedece a un mandato causal; deducir que un brebaje particular sana una dolencia cuando la curación proviene de un factor ambiental amplio, o culpar a las instituciones del orden de los males provocados por la indisciplina moral, representa la raíz misma de las supersticiones posmodernas.
La causalidad sufre asimismo la alteración de la inversión de la causa, donde el observador equivoca la dirección del vector temporal y atribuye el papel de efecto a la causa primordial; argumentar que una institución médica o deportiva es nociva para la salud contemplando la condición doliente de quienes acuden a ella para sanar denota una profunda ceguera analítica, idéntica a la del gobernante que imputa la desesperación social a una supuesta intolerancia del pueblo en lugar de reconocer en la opresión económica la causa verdadera de la impaciencia popular. De modo semejante, el olvido de una causa común produce correlaciones ilusorias al ocultar un tercer factor subyacente que genera ambos fenómenos en paralelo, como acontece cuando se atribuyen virtudes intelectuales o corporales a circunstancias secundarias sin observar el estatus socioeducativo o de desarrollo biológico que verdaderamente explica los hechos. A ello se suma el olvido del intermediario, que simplifica de modo caricaturesco los procesos complejos, omitiendo las variables éticas e institucionales intermedias que convierten una actividad legítima en una catástrofe social cuando interviene la codicia desregulada y el desprecio de la ley natural.

